Todo es cíclico.
Con el tiempo todo vuelve a lo que fue y algún día lo que fue, es lo que será, como un juego entre el pasado y el futuro en el que solo cambian las cartas pero la baraja es la misma.
Como los comienzos del amor, cíclicos, todo iniciado por una pequeña revolución anodina interior, siempre igual.
Como los finales del amor, fatídicos, como una revolución francesa pero cortando corazones en lugar de cabezas; como las guerras en las que nadie gana y sientes que has perdido todo, porque nadie es el mismo después de una guerra.
Y después de haber perdido tanto piensas que alguna vez te tocará ganar, como si existiera la justicia divina. Cómo si la justicia poética no jugase y se disfrazase de destino negándote todo a la enésima vez más una.
Y así vamos, funcionando con parches que te dejan vivir a tirones, un día en el cielo y otro en el infierno.
Será por eso que somos mitad ángel y mitad demonio… y esta mitad con alas blancas que escribe se está cansando de esperar.
A la vuelta de la esquina.