
Siempre nos ha gustado mirar embobados al cielo porque somos adictos a lo inalcanzable.
A lo que nunca vamos a poder tocar.
Sin dudas de que la belleza real está en todas esas cosas que no podemos tocar…
Las estrellas, un amanecer, el Amor…
Pero he de decir que veía las estrellas cuando la miraba a ella, el cielo jamás estuvo a su altura.
Aún la sigo mirando, solo que ahora es una estrella fugaz.
Intocable.
Una guerra fría en el desierto.
Sin oasis. Sin más sombras que las que todos llevamos dentro.
Sin espada ni escudo. Hace mucho me atravesaron sus flechas.
Buscando un refugio a cualquier precio mientras “vivo” en mensajes con palabras caducadas.
Peleando contra fantasmas que ya no existen, porque ya no está.
Porque es inalcanzable.
Porque es belleza pura.
Como ese cielo al que miro cada tarde y al que nunca podré tocar.
A la vuelta de la esquina.