
Vuela.
Vuela porque al final te vas a estrellar.
No importa cuándo, pero llegará.
Y mientras vueles no recuerdes.
Porque recordar tiene dos filos y uno te va a cortar como mantequilla.
No tengas miedo a estrellarte, el golpe dolerá pero no será el último.
No vas a ver las estrellas en mucho tiempo pero podrás imaginar cómo era tocar el cielo con ella.
Te tatuaras cada día como una lección, una lección de tinta china que olvidarás cuando la veas.
Y de este dolor renacerás, no más fuerte, pero vas a saber qué heridas tener siempre guardadas.
El corazón que te quede después de esto consérvalo bien. Ya no te queda mucho.
Oculta lo que siempre te va a doler y grítale al mundo que estás bien. Ellos tampoco te van a creer.
Nos pareció divertida aquella ruleta rusa.
Lo que empezó hablando de vuelos se ha convertido en una esquela.
Con fecha de aquel día.
El día en que la bala se convirtió en metralla.
Metralla perenne, omnipresente.
Como un cuadro colgado en la pared, te rezo pero ¿para qué?
Otra religión que acaba en nada.
A veces te me apareces…
Y todavía creo que existes.
A la vuelta de la esquina.
Realmente hay algo precioso en las cosas malas.


El rumbo del viento es muchas veces el mejor camino a seguir.